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Norma Segades - Manias

Introducción.

En esta cotidiana lucha comunicante que llega por mi sangre desde el fin de los tiempos,
soy el simple instrumento de la caligrafía,
la antigua tejedora gramatical de sueños
enredando vocales libres como gaviotas
y salvajes o mansas consonantes gastadas
que desnudan las voces de nuestros sentimientos
en el eterno y mágico mundo de la palabra.

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Mi refugio.

Hoy te daré las gracias,
simplemente,
como hemos hecho todo en nuestras vidas,
mirándome en tus ojos infinitos
cansados de luchar con la rutina.
Porque en las ramas fuertes y seguras de tu serena solidez de árbol
aferrado a la tierra humedecida con callados raigones milenarios
yo pude disponer de mis misterios,
encontrar el camino a mis entrañas
para saber quién soy,
de dónde vengo,
hacia dónde navega mi esperanza,
hilvanar mis palabras en poemas protegida en el hueco de tus brazos
y alzar el vuelo de mis fantasías
por perseguir la libertad del canto.

La palabra viviente.

Perdida en las penumbras de infinitos crepúsculos,
dejé de ser murmullo para sentirme grito
y comencé a elevarme
como el humo grisáceo que se aleja sereno del fuego mortecino.
La palabra viviente se deslizó en la sombra para buscar el tibio refugio de mi oído
y yo empecé a rasgar
con mis dedos salvajes
la urdimbre campesina de mis pobres vestidos,
los rústicos andrajos que descubren colmenas,
arroyuelos y torres,
girasoles heridos,
los surcos fecundados por canciones de lluvia
socavando senderos en sucios laberintos por mi vientre de greda.
Auténtica cautiva del lenguaje dormido en su entraña de viento
donde bebo la ardiente plenitud de las llamas
tenaces
que me impiden volver a ser silencio.

Recuerdo.

Con los ojos cerrados,
aún puedo ver el brillo del sol que se refleja,
redondo y encendido,
sobre el agua encrespada por la brisa costera.
Puedo mirar mis huellas hundidas en la arena.
Bajo un cielo tan límpido como no vi ninguno,
tu frágil cigarrillo disolviéndose en humo.
Como un ave cansada,
mi cabello castaño durmiendo en el refugio de tu pecho dorado.
El calor
dibujando sus senderitos de agua
por la piel sometida en la tarde callada.
Las antiguas palabras apenas murmuradas llenándome la vida de una nueva esperanza. Y en un gesto lejano
tu mano aristocrática
secando con las yemas el surco de una lágrima.

Insensatez.

Con la húmeda hierba como obediente almohada
he enredado mis dedos en tu pelo sedoso
y acercado a mis labios tu boca apasionada mientras me voy del mundo
a través de tus ojos.
Me sumerjo y expiro rodeada por tus brazos
en esta inescrutable espiral estallante
que cierra mis sentidos al inútil llamado
con que intenta el crepúsculo tranquilizar mi sangre.
Yo niego la existencia de la tarde y el lago,
de la brisa en los árboles y el canto de los pájaros,
de los niños que juegan
con su balón prestado
sobre la amarillenta agonía del plátano.
Rechazo todo aquello que no sea tu rostro
prisionero en mis manos con temblor de palomas
y este azul laberinto
sin llaves ni cerrojos
que le entrega a mi vida tu mirada de sombra.

Paisaje.

Al pie de la barranca,
el lago dormitaba su estancada miseria prisionera de orillas,
los árboles danzaban
con sus ramas henchidas
obedeciendo el suave decreto de la brisa.
Parecía el crepúsculo más extraño y oscuro
al tenderse en las blancas paredes encaladas del antiguo convento de liturgia y plegaria
que arrojaba al silencio guijarros de campanas.
La mirada impasible de tus ojos morenos
humilló la desnuda flaqueza de mis lágrimas…
¡Y yo estaba tan sola con mi dolor de pájaro!
¡Tan indefensa y sola al pie de la barranca!
Lamiendo la escalera
el agua me llamaba con la voz misteriosa de su entraña de barro,
el sol agonizaba tras viejos edificios,
no se escuchaban trinos entre el follaje calmo.
La noche que llegaba fue el único testigo espiando la inocencia de mi amor inmolado
y me envolvió
piadosa
por que nadie sospeche que fallecí en diciembre…
sentada en aquel banco.

La estación.

Sólo una mano al viento dormida en la distancia,
una paloma triste muriendo en los andenes
entre miles de adioses iguales a los tuyos
flotando en la mirada que se aleja en los trenes.
Sólo una mano al viento,
pálida,
desvalida,
una estéril corola generando recuerdos
entre otras despedidas eternamente grises que deshacen esperas en sus mundos secretos.
Sólo una mano al viento,
ebria de soledades,
una anónima mano reteniendo el pasado
mientras las ruedas muerden el estrecho horizonte
que esconden los sumisos durmientes de quebracho.
Sólo una mano al viento,
desmayada en la tarde,
una mirada ardiendo sobre rieles vacíos
y el peso de esta extraña soledad subterránea
conduciendo la marcha de tus pasos perdidos.

Rostros enfrentados.

Las palabras que fueron una vez nuestros nombres,
por calmos decibeles han llegado a mi oído
después de tantos años de habitar las regiones tenazmente desiertas
del pequeño infinito donde extiendo la mano en un saludo absurdo,
detenido por muros que elevó nuestro miedo
mientras las pieles tibias,
ignorantes de máscaras,
propagan sus temblores de ternura y silencio.
Mis labios
–que aún conservan la forma de tus labios-
murmuran insensatos formularios sociales
con ese tono intenso de decirte “te quiero”
perdido en laberintos
de caricias errantes.
Mis ojos y los tuyos que compartieron tanto…
que compartieron todo…
que fueron una sola pupila silenciosa
en los crepusculares cielos deshabitados
donde las secas hojas asumían su angustia de grandiosos otoños.
Sólo los ojos,
digo,
no han aprendido nada,
y exhiben los vestigios de su amor desdichado
con esta primitiva entrega en la mirada.
Tu rostro frente al mío después de tanto tiempo,
vagabundos de infiernos que purgan sus condenas
por inmolar la eléctrica plenitud del relámpago
en aras de rituales de existencias discretas.

Lejanía.

Cuando arrojas palabras duras como guijarros
sobre mis territorios de horizontes opacos,
sólo miro a lo lejos
con mis ojos callados
y tu voz no atraviesa mis murallas de barro.
Como una caracola me envuelvo en mi silencio
errando los crepúsculos azules del recuerdo
y una puerta se cierra
dentro de mis senderos
con un sonido amargo que no tiene regreso.

La señora ha salido.

Mi alma es solamente un montón de silencio.
Hoy estoy tan lejana que ni tu amor me llega
y tus voces se rompen en mis puertas cerradas.
Quizás fue la llovizna
con su música tenue golpeando la hojalata
o el viento
susurrando su paciencia chismosa entre las ramas bajas.
Quizás algún recuerdo
que asesinó la risa y anido en mi mirada.
O la niña
morena
que cruza fugazmente por mis pieles ajadas.
Hoy no estoy para nadie.
La señora ha salido.
Vacía está la casa.

Evasión.

A veces hago trizas los disfraces que cubren mis patéticos ensueños
y escucho descorrerse los pestillos
oxidados de miedo.
Entonces la sonrisa se detiene
y hablarme a mí
es como hablarle al viento que roza con sus dedos vaporosos la sombra del misterio.
Enclaustrada en otra dimensión,
habitando ese mundo paralelo
donde me ausento cuando estoy ausente de todos los recuerdos,
muestro
por un instante
las tinieblas que esconden los inhóspitos senderos de confundidos laberintos íntimos
en donde yo me pierdo.
Después me alcanzan todas las palabras,
oigo tu voz
viniendo desde lejos
y con un leve gesto de mi mano
alzo de nuevo el velo.

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Compañeros.

Llegaste desde el sur,
de la pampa ordenada.
Vastedad absoluta impresa en la mirada abierta y generosa.
Con esas manos largas
brindándose sin treguas como la tierra arada.
Y yo bebí tu infancia de campos dilatados
con un trigo amarillo que crecía
cantando
igual que la calandria en las ramas del árbol.
Verde llanura verde bajo caballo manso.

Yo vine desde el norte.
La selva enmarañada me legó los misterios de sus duros crepúsculos
y ocultó los senderos que llevan a mi alma
con sus enredaderas de espesura compacta.
Te mostré mi niñez de impenetrables ramas
con su sol
extraviado en tenaces quebrachos,
con gritos de charatas surgiendo del follaje
para anunciar los duendes malignos de la tarde.

Recorremos
despacio
íntimas geografías
para encontrar el eco de verdades antiguas.
Me arrancas,
silencioso,
las espinas hirientes.
Escarbo con mis manos tu tierra humedecida.
Caminas mis regiones de tristeza en sigilo.
Busco
entre tus raíces
el canto de la espiga.
Y encontramos la selva que tus soles desnudan
mientras tu cuerpo amado
se pierde en mi espesura.

Escribir la nostalgia.

Cuando cae la lluvia con tanta mansedumbre,
derramando su esencia en voluptuosidades que ruedan por las hojas
hasta caer al suelo
por cumplir su destino de senderos errantes,
me invade
lentamente
su presencia infinita
y me encierro en mí misma
como una caracola.
Parece que mi vida sedienta de emociones
bebiera de la lluvia la tristeza que llora.
Entonces te recuerdo
caminando sin rumbo por la ciudad callada en la siesta dormida.
Y aún siento el roce leve de tus besos fugaces
recorrerme
despacio
la piel humedecida.
La vida no nos deja tiempo para nostalgias:
mi trabajo y el tuyo,
la escuela de los niños,
los horarios tiranos,
los miedos compartidos,
la casa que construimos ladrillo por ladrillo.
Pero la tierra mansa despierta mi memoria
y anhelo revivir
bajo el opaco cielo
aquel amor lejano que le robó a tu aliento
mientras el agua
pálida
anidaba en mi pelo.

Íntimo.

Exploras mis senderos
con tus manos
inquietas
buscando el pulso inerme de mis venas calladas.
Vagas por mis colinas
con tus besos
rodando sobre la piel sensible que espera
palpitante.
Posees mis entrañas
en tu siembra nocturna
sobre los surcos calmos de esta vieja ternura.
Buceas mis pupilas
con tu mirada
ansiosa
buscando algún reflejo de lágrimas ajadas.
Presientes la existencia de mis mundos ausentes,
los perdidos rincones que no te pertenecen.
Cuando quieres me tomas.
Sólo estiras la mano
y mi cuerpo
sumiso
responde a tu llamado.
Sin embargo
no tienes más de lo que te doy:
leves sombras fugaces de todo lo que soy.

Raíces ocultas.

A mi esposo.

Cuando nos encontramos
sólo era una semilla temblorosa y perdida en las alas del viento.
Una semilla náufraga
flotando a la deriva,
volando entre deshechos en la noche de enero.
Una semilla sucia de arrastrarse en el polvo buscando en el crepúsculo
su lugar y su tiempo.
Tan sólo una semilla,
una simple semilla,
una pobre semilla bajo el lejano cielo,
mirando
indiferente
como la desgarraban las agudas espinas de los arbustos nuevos.
Una loca semilla que la brisa empujaba por territorios áridos,
desolados y yermos,
ocultándole al mundo el destino inmutable de siembra prisionera
en su vientre sediento.
Tu muro estaba erguido en mitad del camino.
Mis dedos vagabundos rodaron por tu pecho
y encontraron el sitio para iniciar su vida en la húmeda tibieza de tus hondos cimientos.
Eras un muro sólido de cálidos ladrillos
Recibiendo
a sus pies
los secos tegumentos
–guardianes inservibles para mis ansiedades-
y aferré las raíces a tu fecundo suelo.
El muro solitario
de obstinado mutismo
donde adherí,
despacio,
la hiedra de mis versos
hasta ser una sola pradera vertical que se levanta
altiva
en un mundo desierto.
Más fuerte que las ráfagas furiosas que golpean
en su muralla verde
buscando los secretos que amarran al revoque sus tímidas raíces
nutridas de tu fuerza
que es todo sentimiento.

Puzzle.

Yo soy la nada,
el sueño,
la callada vigilia…
A veces imagino que tramo mis fragmentos
conjugando mezquinos deseos de volver a ser lo indivisible
pero,
pese al esfuerzo,
la unión es imperfecta.
Quiebran la soledad plenaria de mi máscara
agrietados senderos de infinitas cohesiones.
Y sólo la mirada solitaria del ángel
sobrevive al misterio de las yermas parcelas
en las que subdivido las antiguas regiones de mis mundos secretos,
cuando vela
esas pálidas adherencias gastadas de las frágiles piezas sobre el sucio tablero.
Mi sueño me diagrama.
Reúno las errantes partículas dispersas del solitario juego
y aliento mis despojos
todas las madrugadas
bajo el imprevisible párpado de silencio.
Yo soy el centinela de mi propio acertijo,
la sangrienta pupila que vaga por el tiempo
en su eterna tutela de destruidos encastres.
Soy el todo,
las partes,
la vigilia y el sueño.

Lo que somos.

La vida es un suspiro vagando en el espacio.
Un instante fugaz en el silencio cósmico.
Y hemos sido tan necios
de intentar capturarla en las grises jornadas de un orden cronológico.
Miserables partículas en un tiempo infinito,
moradores efímeros de existencias prestadas,
transitamos lugares
que ya hemos recorrido
persiguiendo las huellas de un incierto mañana.
Miramos con asombro las ráfagas errantes atravesar jornadas que les vienen naciendo
en busca de los límites de las constelaciones
donde la esencia
libre
es puro pensamiento.
Y luego renacemos en pieles sin memoria,
viajeros milenarios de remotas galaxias.
Fallecemos mil veces en diferentes cuerpos
y mil veces logramos recuperar la infancia
hasta entender que somos un movimiento cósmico,
átomos deslizándose en amplios remolinos habitados por soles,
satélites helados
y eternas nebulosas girando sin destino.

Laboratorio.

Estudiamos reacciones de especies animales
en sucios laberintos de cajones baratos,
alteramos conductas que piensan inmutables,
agitamos campanas,
notamos resultados
y llenamos papeles con palabras inútiles
mientras los infelices e indefensos cobayos se debaten
ansiosos
buscando las respuestas
en el pobre universo de sus dioses extraños.
Perseguimos la hoguera
detrás del infinito
donde brotan las chispas de las frías estrellas
tratando de encontrar el poder que nos guía
en el total silencio de sus propias tinieblas.
Y nos estremecemos
ante los desencuentros con que el destino altera los hechos cotidianos
presintiendo que somos bestias protagonistas
en el estudio
cósmico
del animal humano.

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Oscilación del péndulo.

Aquí estamos tú y yo,
habitando relojes
cuya marcha metálica acelera o dilata el tiempo del hechizo en profundas miradas
para precipitarnos al espacio gimiente
donde el rencor desgrana sus dolores callados
en busca de los cauces pedregosos del llanto.
Aquí estamos tú y yo,
sumisos o rebeldes,
meciéndonos a impulsos de nuestros sentimientos
en esta alucinante oscilación del péndulo.
Desplazando la esencia de inestables pasiones
entre las dentelladas de engranajes mecánicos
que rigen balanceos de ritmo matemático.
Aquí estamos tú y yo,
pobres seres humanos,
en la frontera mágica donde el silencio lánguido
transmigra en estallantes y exactos resplandores
perdidos en precisos vaivenes rechinantes:
alaridos… susurros…
certidumbres… sospechas…
realidad… ilusiones…
claridades…
tinieblas…

Los guerreros.

Somos la altiva raza de interminables cantos,
sacrificios sangrientos
y soberbios guerreros
que habitan geografías ganadas en la lucha contra los enemigos de nuestro antiguo pueblo.
Repartimos el suelo en parcelas mezquinas según avaras leyes que dictó nuestro miedo
dibujando
en los mapas
los límites inmóviles por los que negociamos en cubiles secretos.
Asumimos los torpes criterios medievales de creernos el centro del eterno universo
con la mirada alerta sobre las posesiones
-gordos perros ahítos vigilando sus huesos-
perdidos en absurdos y bélicos conflictos
mientras la Tierra duerme su sueño de milenios
más allá de los límites de todo raciocinio,
pequeña, azul y hermosa
flotando en el silencio.

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