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Norma Segades - Manias

Estado de sitio.

Por la noche estrellada huyen furtivas sombras de azules infinitos y botones dorados
asomando reflejos de luciérnagas pálidas.
El código lingüístico
casi desconocido
imagina la furia de algún mar invisible rompiendo el equilibrio de puntas erizadas.
Sobre el triángulo exacto,
las piernas asombradas balanceando su miedo de historias repetidas
improvisa a tus pies el suelo de una barca.
Tus dedos sorprendidos
reconocen al tacto los gastados ladrillos borrachos de rocío,
suavemente amusgados por la lluvia pasada.
En este mismo espacio,
habitando otro tiempo,
contabas treinta y uno alentando escondites
en los tibios crepúsculos de verano y de infancia,
cuando era tan sencillo hacer volar las risas sobre la histeria alerta de sillón y vereda
que sacaban al hombro las vecinas hurañas.
Te violentan las manos que recorren las pieles,
las que arrojan los libros sobre el pasto dormido con la crueldad extraña que tiene la ignorancia
cuando la omnipotencia las torna despiadadas.
El miedo va oxidando las tímidas respuestas que reclaman sus huecas voces autoritarias.
Sospechoso de todo lo que ellos no comprenden.
Preguntas y respuestas
hasta hallar el silencio del motor alejándose por la calle empedrada
cobijando el agónico sonido lastimero de labios apretados
que hace sólo un momento…
hace casi una vida…
eran dueños del alba
y el amor
y el futuro
y la risa
y el canto.
Cómplice del absurdo,
la vereda de enfrente muestra la indiferencia de sus puertas cerradas.
Indefenso y temblando.
Indefenso y lloroso.
Indefenso.
Indefenso.
Perdido en las tinieblas que tendió la violencia en esta noche amarga
en que Dios se ha dormido como duermen los dioses,
dejándote tan solo que ni el amor te llega…
y agonizan tus sueños tras un velo de lágrimas.

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